ALGUNAS COSAS

Después aprovechamos para almorzar riquísimo en Cluny, que tiene un patio que adoro. A ellos, que era la primera vez que visitaban Buenos Aires, también les encantó el lugar. Hicimos mil programas más, pero no quiero aburrirlos, solamente contarles que Lagente Pobre me parece toda súper y que me encanta estar tan cerca de ellos porque me hace sentir, además de MUY DIVINO, EXTREMADAMENTE TERRENAL. Me conecta inmediatamente con el Congo que llevo dentro y me brota todo el amor latente que no puedo más.

Estuve también en el Museo de Ciencias Naturales, en una recepción en honor a Walton Ford, un artista asombroso que está visitando el país. Cuando concluyó la actividad, me volví a casa y me recluí en el techo -uno de mis lugares favoritos- con una manta y una botella de tequila. Me quedé pensando mucho tiempo en la serenidad y la celeridad de las cosas. Se generó definitivamente un momento de quiebre en mi visión de la humanidad. ¡Sorprendente!

Cambié mi concepción del camino y sus límites, que cada vez están más definidos. Y del aire puro. Yo, que solo me quiero a mí mismo, y la llegada del Viejo Régimen, con sus martillos, sus ropas de posguerra y sus ojos distraídos por la enorme infección producida por los hongos alucinógenos. Una muerte a la Henry James, con sospechas fútiles y casas enormes llenas de parientes lejanos.

Hablando de parientes (no tan) lejanos, me acordé mucho de mi tío, que estuvo preso porque estafó hasta a su Santa Madre pero siempre vivió como si fuera el Duque de York. Viajaba en un auto que de chico me parecía buenmocísimo aunque algo excéntrico. Su vida es como una tragedia griega, con gemelos de diamantes y una insanidad mental heredada. También usaba un abrigo harto ridículo, abotonado, de color azul y reminiscencias militares. Burlesco y simpático, extravagante y decididamente alcohólico, hace unos años se retiró a Italia donde se casó con una mujer bastante estúpida pero enamorada de su esperanzado aventurismo.

Todo lo que en su momento decía era razón de mi admiración, así como sus exquisitas cajitas chinas donde seguramente guardaba sustancias prohibidas, su devoción por la religión, Napoleón Bonaparte y los cuentos de fantasmas. Un fantasma en sí mismo en su propio patriarcado, con un sentido de la elegancia que escapa de lo comprendido y viviendo en una crónica del siglo pasado.

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